Duplicar
El candidato está sentado a una mesa. Hace rato que la mira, la recorre. Cualquiera diría que se la está apropiando, que la está deseando con intensidad. No: el candidato está escribiendo un cuento y busca inspiración en la madera barnizada. Yo, desde acá, a miles de kilómetros del candidato, añorando un contacto que me ilumine, quisiera estar viéndolo más de cerca mientras él calibra la historia, viéndolo con un poco más de intimidad. Quisiera no tener que imaginarlo un domingo a las ocho de la noche. Y, sobre todo, y esto ya ha quedado dicho desde antes, quisiera ser el candidato. No quisiera suplantarlo, usurparle el ser, no, eso no, eso sería criminal. Quisiera desdoblarlo, duplicarlo, repetirlo. ¿Razones? No sé. Puedo aventurar. Tener algo por lo que vivir sería un comienzo.
Esquizofrenia rectificada
La ternura del candidato me desarma.
Dice: “Soy dos personas distintas cuando dirijo la revista. Soy feliz cada vez que llega un texto (…) Y soy muy infeliz cuando la logística se traba”.
Pienso entonces: “Qué tipo apasionante”. Enseguida me rectifico: “Estamos hablando de un hombre que sueña con vivir en piyama. Claro que su felicidad y su infelicidad dependen de palabras como ‘texto’ y ‘logística’”.
Pero enseguida me rectifico: “Es injusto. Es una de las mentes más brillantes de la comunicación de esta nueva era del ser humano”. Aunque, diez segundos después, me rectifico: “Es un tipo desagradable. Todo un clásico del asco posmoderno: un experto en televisión“.
Al instante, sonrojado por mi intrepidez, me rectifico: “Es sabio. Es un pensador. Cuando aparece, lo único que hace es aportar. Aporta, aporta, aporta. Todas sus palabras edifican historia, mueven conciencias, emocionan fieles”. Luego me rectifico: “Es gordo y feo”. Sin esperar un segundo, me rectifico: “Ser gordo y feo es una característica más de la condición humana. Nadie debería ser castigado por eso. Estás siendo nazi”. Ya no me rectifico. Ese pensamiento tiene razón.
El candidato es una luz, un punto en el horizonte. El candidato se para en una plaza y regala alegría y esperanza. Con eso debo quedarme. Si cuando llega el final eso es lo único que importa, ¿por qué no debería ser lo único que importa ahora, cuando parece que queda tanta vida por delante, tantos vasos de vino y tiras de carne y sánguches con tomate y mayonesa?
Vida y muerte
“Se muere lo viejo: nace lo nuevo”, escucho que dice la voz del candidato. Después oigo otra cantidad de cosas sobre vasos comunicantes y conversadores emergentes que me pasan por el costado. Lo viejo: lo nuevo. Puedo omitir los verbos y se entiende. Viejo: nuevo. Puedo omitir casi todo e igual se va a entender. Viejo; nuevo. Es un argumento sencillo, llegador. Viejo. Nuevo. Qué contundencia, madre de dios. Viejo, nuevo. Aterra tanta capacidad de síntesis. Viejo nuevo. Como un tambor, como una mueca de dos dígitos. Viejo. Lo viejo reúne lo que fuimos. Lo viejo aburre. Lo viejo permite que exista lo nuevo. Acá no hay hombres de su tiempo. Acá no hay lucidez. Especulo: acá solo hay gente que especula. Especulo otra vez: acá hay figuras, no cuerpos. Especulo más: acá hay pies que se arrastran, no pies que caminan. Especulo con ganas: esta jarra no tiene cerveza, sino hombre, sino mujer, sino muerte, sino flores. Especulo sin saber: no hay presente, hay futuro, y ahora es un después mejorado. Especulo para sentirme mejor: todas las veces somos el eslabón más débil. Especulo sin argumentos: sentirás dolor. Especulo sin formalidad: serás tu esclavo. Especulo sin imaginación: serás el esclavo de otro esclavo. Dejo de especular. (El silencio empieza a armarse y me apago de a poco.)
Entonces: ay. De pronto, qué tristeza. Ay, de pronto, qué visión helada. De pronto, cuánto sufrimiento, ay, cuánta compasión del otro lado. ¿Sabrá el candidato que un día él mismo se habrá convertido en “lo viejo”?
Misión extendida
La misión deberá someterse a reformulaciones rigurosas. La escasa actividad del candidato durante febrero me obliga a tomar esta decisión. No tuve oportunidades de generar interacción. La calidad de mis conocimientos sobre él es pobre; la cantidad, lastimosa. Por supuesto, esto me obliga a encontrar una nueva fecha límite.
Nueva fecha límite para completar la misión: 15 de marzo.
Se impone, asimismo, un cambio estratégico. Debo pensar. No puedo paralizarme. La misión continúa pero el tiempo se acaba. Los beneficios de terminar este desafío son globales. Si logro completarlo, el mundo será un lugar mejor. Él lo sabe. Yo lo sé. El mundo lo sabe. El mundo ha aullado sus secretos a mi oído y yo he escuchado con demasiada atención.
Brasil
En el sur de Brasil hay un balneario que tiene las casas pintadas de rosado y -dicen- la playa más grande del mundo. Los saludos son permanentes y gratuitos. Los pollos recorren las calles y se meten en los frentes de las casas. Las gallinas, más hoscas, habitan las cañadas llenas de basura y agua sucia. En su plaza rectangular funciona un wifi lento y traicionero. En la playa se arman pocos partidos de fútbol. La gente pasa las horas sentada, mirando qué hace el otro. No hay chorros. Acá hay paz. La mayoría, por suerte, son brasileños. Pocos argentinos. Pocos uruguayos. Esto es vida.
Sin embargo, yo pienso en el candidato. En lugar de dormir una siesta suculenta, como hace el resto de los habitantes de la casa, invierto las inservibles primeras horas de la tarde en devorar inservibles libros de poesía. El sábado fue Eduardo Curbelo, un psiquiatra que está muy mal y escribe demasiado bien. (No debí leer La rosa del manicomio y otros servicios de salud mental.) Ayer, Jaime Gil de Biedma. Hoy, la buena de Sylvia Plath. Y el candidato siempre está ahí y atisba cada página que doy vuelta. Como un vampiro muerto de frío, el candidato supervisa mi locura. Lo siento detrás de mí. Es como si no pudiera ni bañarme tranquilo, qué carajo. Mi problema es que lo conozco demasiado bien y no lo conozco tanto. Mi problema es que siento sus penas como mías. Mi problema es que me compenetro con su historia y me la apropio. Mi problema es que soy demasiado curioso, bueno. Mi problema es que hoy me rapé a cero. Mi problema soy yo y todos los que tengo metidos adentro. Mi problema es que estoy triste y soy ingenuo. Mi problema es que no paro de escribir “mi problema”. Un candidato espera por mí.
Debo hacer mi trabajo, dice una voz en off.
Diez palabras
El candidato escribe bien. Tiene potencia. Usa frases cortas. Usa giros coloquiales. Tanto domina el castellano que se permite errores ortográficos. En particular, de acentuación. Aunque sus historias siguen siempre la misma estructura (giros dramáticos para mantener la tensión), la capacidad del escritor triunfa. Invariablemente. El candidato se vale del arma que mejor sabe usar, y al hacerlo siente la confianza de quien ha aprendido algo. Esta confianza lo galopa sin dominarlo; lo impulsa sin ponerlo eufórico; lo deja seguir, aunque a los tumbos. (El candidato paga su precio por ser como es. Paga su precio por haber hecho lo que hizo. Por haber logrado lo que logró. Aquí yace su mayor secreto, que es también mi desafío último en esta búsqueda.)
El escritor seguro de sí mismo que declara su falta de originalidad se vuelve original. Y el candidato es original. HC develó, en diez palabras, una verdad. Una verdad que lo ennoblece a él y me entusiasma a mí, porque confirma que mi candidato reúne varios de los requisitos necesarios para dar por terminada la misión. Misión que, sin embargo, avanza a pasos trabajosos. A pocos días de comenzada, confieso que la posibilidad de extender el plazo de conclusión no es descabellada. El veintinueve de febrero es una fecha demasiado cercana en el tiempo.
El candidato está en la mitad de su vida.
El candidato está en la mitad de su vida útil.
Cuando muera, el candidato habrá estado trabajando hasta el último minuto.
Por dios, qué tristeza siento de pronto por el candidato, que un día morirá.
Qué tristeza insacable, cielo santo.
Siete muestras
Al candidato le gusta comer.
El candidato es tolerante.
El candidato escribe bien pero siempre igual.
El candidato tiene un amigo que escribe igual que él; bien pero siempre igual.
¿Plagio voluntario o plagio involuntario? ¿Plagio admiracional? Difícil de decir.
El candidato exhibe muestras de solidaridad.
El candidato cree que la vida es demasiado corta.
Candidato a la distancia
No he podido, ni cerca, cumplir con todas las misiones que me propuse. Pero eso no me inquieta. El candidato publicó un nuevo post y yo he tenido la oportunidad de forzar una nueva interacción. Por el momento no ha servido.
El candidato es un gestor inteligente de su blog. Aunque es evidente que lee todos (o casi todos) los comentarios de los usuarios, es muy cuidadoso a la hora de intervenir. Por regla general, su participación se limita a despejar dudas de funcionamiento, a festejar algún chiste o a contestar con brevedad y cinismo cuando un usuario lo reclama con inteligencia. Esta mecánica calculadora hace que mis propósitos sean más difíciles.
Así y todo, el día de hoy me ha servido para conocer más a fondo el genio de HC. He comprobado, una vez más, que es un hombre que sufre. Con revista y amigos, HC sufre. Con miles de suscriptores y sueños que dejan de ser sueños, HC se derrumba por adentro. Con obstáculos que dejan de ser muros y gobernadores importantes que reconocen su trabajo, HC es como un chancho haciendo fila en el matadero. Es, para mi sorpresa, un hombre nostálgico. Es, para mi satisfacción, uno que sigue para adelante. Y es, para mi alegría, una personalidad que yo tomaría como propia.
La misión está más viva que nunca.
Objetivo hasta el próximo post o “goteo”:
1. Cerrar los ojos.
2. Hacer amigos.
3. Lograr que los usuarios de Orsai entiendan que soy un ser bueno; que solo soy alguien que busca, como tantos otros.
4. Asegurarme de que HC no inicie un juicio por acoso virtual.
p.d.: Martín, tenés razón. Por supuesto que tenés razón, amigo.
p.d. dos: Talita y novio, Octavio Paz espera.
Cuarenta y dos
Hoy compruebo que el candidato no solo miente en sus historias, como él mismo se encarga de señalar con orgullo, sino que también miente a sus seguidores. Hoy compruebo que ese rasgo de su personalidad me atrae. Hoy compruebo que el perfil que se va delineando bajo y sobre y entre y desde las sombras de HC se ajusta a mis demandas. Secretamente me felicito por la elección que yo mismo hice al proyectar y comenzar esta misión.
Por supuesto, yo no soy ningún mentiroso. HC miente y me gusta, pero yo no soy ningún mentiroso. A diferencia de lo que sucede con el candidato, la virtud de la mentira me fue negada desde un principio. Así es que, sin poder ocultar nada, voy a confesar lo que muchos intentarían ocultar con desesperación: hace cuarenta y dos horas que no duermo y el post prometido que no llega.
Con imprevistos como estos, la fecha límite para el cumplimiento de mi misión, oficializada bajo juramento tácito el treinta y uno de enero de dos mil doce, empieza a tambalearse. Será muy difícil que pueda ceñirme al plazo establecido si el candidato exhibe semejantes muestras de inconstancia, y sobre todo si el espacio que se abre entre sus enunciaciones (promesas) y sus actuaciones (honestidad) sigue siendo tan irremediablemente ancho.
Misión para las próximas veinticuatro horas:
a) dormir
b) mantener la calma
c) estar preparado para dar el zarpazo
d) no creerme más de lo que soy
e) intentar que Irene ARG empiece a tratarme un poco mejor
f) intentar eliminar mi imagen de estudiante de taxonomía del cerebro de Pali y asegurarme de transformarla en la imagen de una estrella de rock brillante, nostálgica y orgásmica
Primera frustración
Para hoy esperaba un “goteo” de HC. No hubo. Apenas uno o dos comentarios que no sirvieron a mis propósitos. El candidato había considerado la posibilidad de que fuera hoy, y yo caí como un niño. He estado esperándolo desde las seis de la mañana. Siempre en guardia. Siempre despierto. No he comido, no he bebido, no he dormido. Así y todo, tampoco me he debilitado. La espera me alimenta. Ahora, a casi dieciocho horas de haber empezado mi guardia, he descubierto que las horas, como las rosas y las novias, también pueden estar hechas de espinas, y que todos los segundos pueden parecerse demasiado a todos los minutos.
Pero aquí estoy. Despabilado frente a la pantalla. Y aunque he faltado al trabajo y no he pasado a recoger a mi hermano por la escuela, me calienta el alma la noticia de que mañana volveré a entrar en acción.
Misión para las próximas veinticuatro horas: establecer un nuevo vínculo con el candidato.
Apunte extra-misión: Pali me hizo reír mucho con su comentario. Sobre todo, creo, porque lo que dijo se ajusta demasiado bien a mi vida, aun cuando haya tenido que buscar en el diccionario el significado de la palabra “taxonomía“. Me hubiera gustado explicarle por qué necesito encontrarle un sentido a lo que veo en las pantallas de los cines, pero me pareció que hubiese sido una intervención prescindible de mi parte. Además, a ella (pienso que es ella) no le interesa conocer mis miedos, y eso es suficiente para que no se los cuente.